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Montevideo, URUGUAY. 2008
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lunes, 2 de julio de 2012

Del anonimato a la fama, ida y vuelta

 
                    número 538      mayo de 2012              
TODO ES HISTORIA
Los 45
por María Sáenz Quesada
          Hogar de historiadores
por Gregorio Caro Figueroa
     Quinientos treinta y ocho meses en su kiosco
por Eliana de Arrascaeta
         Recuerdos de un porteño colaborador
por Horacio J. Spinetto
 Suplemento Educativo: Quiera el pueblo votar
por Gabriel A. Ribas
       Walter Owen, traductor del Martín Fierro
por Andrew Graham-Yooll 
Juana Azurduy, la flor del Alto Perú
  por Berta Catalina Wexler


Walter Owen, traductor del Martín Fierro

El Martín Fierro fue publicado en China en 1984. Fue traducido al mandarín por Zhao Zhenjiang, de la Universidad de Beijing, y la primera edición fue presentada al ex presidente Raúl Alfonsín durante su visita a China.  Zhao Zhenjiang visito Buenos Aires el 6 de noviembre de 2011, cuando el diario Clarín (15 de noviembre, pag. 31) lo festejó en una entrevista. Estaba justificado, claro, pero a la vez hacía olvidar cada vez más a Walter Owen (1884-1953), escocés, poeta, místico y comerciante. Owen fue el primer traductor del Martín Fierro al inglés, publicado en Londres y Nueva York en 1935, si bien tiene derecho a ser recordado también por su propia poesía y novelas.
Si se “googlea” a Owen se llegará a la Guía de la Ficción Sobrenatural.  Pero no  hay mucho más. Lo mejor y relativamente reciente sobre Owen se hallará en un artículo del académico escocés John Walker, en el Buenos Aires Herald (6 de agosto de 1977) y, más extenso, un ensayo de Walker también, en el Latin American Literary Review (vol. III Nº 5, 1974).  Este último texto gira en torno de Owen y el arte de la traducción de poesía, un retrato del hombre, su obra y sus teorías literarias. La biografía escrita por la baronesa Charlotte de Hartingh, Servitor on an Outer Plane, publicada por el fenecido Instituto Cultural Walter Owen, en Buenos Aires en 1966, es hoy difícil de hallar.
Walter Hubbard Owen nació el 14 de julio de 1884, en Glasgow, de madre escocesa y padre de origen galés. En la adolescencia recibió formación en asuntos marítimos en Glasgow y en Buenos Aires era conocido como experto en despachos aduaneros. Owen vivió en Buenos Aires casi toda su vida, sus viajes más distantes, aparte de tres visitas a Inglaterra y Francia, eran al Tigre, donde remaba en compañía de un grupo de fieles amigos. Su obra publicada incluye cuatro volúmenes de poesía en inglés (con el seudónimo afrancesado de Gauthier de St. Ouen o G.S.O.): Amor Viri (1912), 50 sonetos; Aurora (1913), que incluye Canción Cósmica (1910), poema dedicado a su amigo y pionero de la aviación Jorge Newbery; Sonetos de soldados y otras poesías (1918); y Sonetos de G.S.O., publicado en los años treinta. Pero su obra mayor, y por la que es recordado, cuando se lo recuerda, son los ocho volúmenes de traducciones al inglés de poemas épicos e historias de los clásicos en castellano.  A estas llamó sus “transvernacularisaciones” (no quería llamarlas traducciones). Su Martín Fierro, de José Hernández (1834-1886), publicado en edición limitada por Blackwell, en Inglaterra en 1935, y poco después en tirada comercial en EEUU, es su obra más conocida y celebrada. A esto siguió El Fausto (1886) de Estanislao del Campo (1834-1880) en 1943, que se considera obra menor en comparación con el Fierro.  Luego vino Don Juan Tenorio (1844) del español José Zorrilla y Moral (1817-1893); la épica chilena La Araucana del español Alonso de Ercilla y Zúñiga (1533-1594) y el poema nacional uruguayo Tabaré, también en 1943, de Juan Zorrilla de San Martín (1855-1931), editado en inglés por la Unesco en 1956. El poema histórico de Martín del Barco Centenera (1535-1602), La Argentina” y la conquista del río de la Plata (1602), fue publicado post mortem en 1965 por el Instituto Cultural Walter Owen, con la edición y prólogo de Patrick Dudgeon. Finalmente vinieron las versiones en inglés del clásico chileno Arauco Domado, de Pedro de Oña (1570-1643), que Owen completó en su cama en el Hospital Británico cinco semanas antes de su muerte; y la narrativa de la expedición de Sir Francis Drake, de Juan de Castellanos (1522-1607), que se publicó por primera vez en castellano en 1921.
Las últimas tres “transvernacularizaciones” fueron completadas por Owen en su lecho en el hospital, al que ingresó el 13 de diciembre de 1949, lugar de donde nunca salió hasta su muerte. Los dos últimos libros en versión inglesa no fueron publicados. Toda su obra de traducción se remitió siempre a la primera, el Martín Fierro.  De ese texto en inglés escribió, “Una traducción, especialmente en verso, para tener valor literario debe poder leerse como un original. La claridad y facilidad son esenciales y valen su adquisición aun al costo de sacrificar en algún grado  la precisión verbal… Una nota en falso, una imagen desconocida, una similitud forzada, la traducción de una metáfora muerta para que parezca viva… una referencia que parece comprensible en el original (pero) que pasa a ser difícil para el lector, cualquiera de estas situaciones pueden resultar de una adhesión demasiado fiel al texto original…” (citado en John Walker, Latin American Literary Review).
Para la “transvernacularización” del Martín Fierro, Owen desarrolló cierto grado de ceremonia. Durante algunos días ocupó aposentos en el hotel cercano a la Plaza de Mayo donde se decía que José Hernández había escrito su obra máxima (Owen también alquiló una pieza en Bolivar 609, donde residió un tiempo el autor de Tabaré). Pero la ceremonia del Martín Fierro sería instalada en la labor de Owen durante años. Con sus propias manos y herramientas construyó una rústica mesa escritorio y silla en las cuales trabajaría (se hallan en el Museo Güiraldes de San Antonio de Areco). Dejaba de lado su traje diurno y vestía una sotana de monje. Escribía a la luz de unas velas, y redactaba con pluma de ganso. Era observado en forma permanente por su gato “Dusky” sentado en la mesa cada noche.  En los márgenes de las hojas originales de su traducción Owen anotaba recordatorios de compras para el día siguiente: “hígado para Dusky, 2 pqts. Players (cigarrillos), Pinot blanco.”  El Pinot aparecía con cierta regularidad. El gato Dusky fue hallado muerto el 20 de mayo de 1933, día siguiente a la culminación de la traducción, incidente para el cual el supersticioso Owen buscó significado místico. La intensidad de su trabajo era notable. Concurría al centro porteño a la agencia donde siempre fue muy respetado, tanto por su eficiencia como por su hermetismo; los fines de semana eran para el descanso, muchas veces en Tigre, y traducía hasta altas horas de la noche. ¿Cuándo dormía? Difícil saber.  El ritmo diario (o nocturno) de su traducción era registrado en horas y minutos en la escala del “laborometro” que inventó para el caso.  Sus apuntes marginales describen su estilo, parte de los cuales son válidos como guía para traductores actuales. “…he intentado presentar al lector inglés una versión (de la épica) que se lea como el original de un poema en inglés, con el sabor del idioma y los dichos de su tiempo, libre de un estilo almidonado y un aire que  no fuera el inglés que hacen molestas a algunas traducciones de la poesía en idiomas extranjeros para las mentes que aprecian las bellezas de nuestra lengua materna.  Es obvio que si se va a alcanzar este objetivo la fidelidad textual debe quedar subordinada a la claridad, facilidad, ritmo, armonía y tono y otros elementos de estilo. Estamos interponiendo nuestra propia conciencia entre lo conceptual y lo lingüístico (…) y reescribiendo su poema como si lo hubiera creado en inglés…” (citado de Charlotte de Hartingh, página 186).
Durante semanas después de la publicación en inglés del Martín Fierro y la llegada de ejemplares a Buenos Aires en 1935, Owen conoció la fama. La  gente lo buscaba al mediodía en donde almorzaba y he hacía firmar ejemplares o, a falta del libro, un pedazo de papel o una servilleta. No hay registro de presentación si bien los dos periódicos en idioma inglés (The Standard y The Buenos Aires Herald) ponderaron la edición de la versión en inglés.  Las traducciones de Owen estaban dirigidas, según él, a “crear un puente de comprensión entre los pueblos” del mundo, descripción que dio reiteradamente en su correspondencia a los amigos que lo respaldaron.  Entre ellos, el principal mecenas y auspiciante fue el ex embajador británico, Sir Eugen Millington-Drake  (1889-1972), quien influyó en la decisión del editor en Londres (diplomático conocido en Buenos Aires por sus conferencias sobre la batalla del Río de la Plata en 1939, que terminó con el hundimiento del destructor alemán Graf Spee, y por haber apoyado de su bolsillo los inicios de la aerolínea Pluna, en Montevideo).  Millington-Drake describió el Martín Fierro en inglés como una obra, “parecida a una balada escocesa, por su velocidad y romance”.  Entre quienes lo apoyaron en Buenos Aires estaba Courtenay Luck, el místico y vidente más conocido en la colectividad de habla inglesa, y los hermanos Luis y Juan Alejandro de Marval.
Owen escribió un tratado histórico filosófico, The Ordeal of Christendom/La ordalía del cristianismo, que publicó el sello inglés Grant Richards en 1938, y donde trasunta sus preocupaciones religiosas. Allí afirma que “Cristo es el único factor evolutivo de la conciencia”. Escribió dos novelas.  Su reconocimiento como  autor de lo sobrenatural se apoyo en estos dos textos.
De estos su ficción más importante es, como en su traducción, su primer trabajo, The Cross of Carl/La cruz de Carlos (también editado por Grant Richards, en 1931), obra que redactó en una sola noche de 1917. Acababa de salir de la primera, y prolongada internación por una dolencia abdominal.  El libro fue aceptado por el editor al año siguiente, pero fue prohibido por la censura británica de posguerra.  Se lo consideraba un texto brutal, surrealista y profundamente anti bélica, demasiado dura para circular justo al terminar la primera guerra mundial. Así fue como llegó a ser publicada en Londres en 1931, y en Boston por Little, Brown & Co., en el mismo año.  Fue descripto el libro como una fantasía rítmica en prosa.
El “Carlos” del título es un soldado de infantería en las trincheras de la primera guerra que, tomado por muerto, es subido al montón y enviado a un depósito que hoy llamaríamos de reciclaje.  La Cruz de Carlos fue inspirado por cierta propaganda anti alemana en la prensa y lo que el autor describe como una “bilocación de personalidad” precipitado por fuertes dosis de opio, si bien influido por sus profundas creencias místicas.  Su biógrafa, Charlotte de Hartingh, dice que Owen, “desarrolló un intenso interés por el efecto de las drogas en las facultades creativas”. Con cierta cautela, la autora agrega, “no fue de modo alguno el primer hombre de letras fascinado por el resultado de ese consumo… (Owen) ha dejado una detallada descripción de sus impresiones bajo el efecto del opio…” La nacionalidad de Carlos nunca queda clara (si bien se infiere que es alemán por algunas de las escenas que describe) por lo tanto la Cruz del título no se sabe si es la de Hierro (alemana), la de Victoria (inglesa) o la cristiana, o todas. La respetada publicación literaria londinense, Times Literary Supplement, tituló su crónica del 16 de julio de 1931, “Una alegoría de guerra”, diciendo que el libro, “devuelve los aspectos más sombríos de la sicología de guerra; es una descripción de leyendas de las ‘fábricas de cadáveres’ – una descripción insufriblemente horrenda. ‘Sepultura’ es la narración de cómo el falleciente Carlos cava su propia tumba… ‘Resurrección’ cierra la alegoría en una nota de triunfo místico. Es la crónica de lo que el autor mismo describe como ‘proceso patológico anormal’ inducido por las perturbaciones síquicas de la Guerra (y que) se ofrecen en la suposición que la experiencia quizás prevea alguna forma de desarrollo colectivo en la humanidad.” Era previsión, por cierto, de algo horrendo como lo que fue el Holocausto nazi de la Segunda Guerra mundial.
La otra ficción de Owen fue More Things in Heaven/Más cosas en el cielo (posiblemente tomado de Horacio: “Hay más cosas en el cielo.”) en donde el narrador (Owen) y un adepto místico, Merlín Alaska, investigan un caso de Combustión Humana Espontánea.  Fue editado por el sello Andrew Dakers en Londres, en 1947. La pista, que se descubre en antiguos documentos, manuscritos y crónicas de viajeros, conduce al hallazgo de una maldición zoroastra de dos mil años contra todos los descendientes de Alejandro Magno. Bastante moderno, si se recurre, por ejemplo a Umberto Eco, El nombre de la rosa.
Muchos de sus poemas, artículos y cuentos cortos quedaron esparcidos, publicados en forma individual por el diario The Standard, en pequeños periódicos y panfletos en ediciones del autor.  Todo apareció firmado con el seudónimo completo o las siglas G.S.O. para “¡no provocar un escándalo en los círculos empresarios de Buenos Aires al enterarse sus integrantes que Owen escribía poesía!” (C. de H., pag. 95)  En términos más actualizados, verían al poeta como maricón. La presencia pública de Owen era de un escrupuloso, puntilloso y recatado integrante de la empresa de Bessler, Waechter & Co. Ltd., agentes importadores, con quien pasó quince años antes de aceptar el cargo de gerente de la oficina de Juan McCall & Co., despachantes de aduana, en 1928.
En su muy cuidado tiempo libre, Owen era bibliófilo coleccionista de primera ediciones, seguidor de corrientes místicas, “Baconiano” (seguidor de Sir Francis Bacon, a quien algunos atribuyen autoría de la obra de William Shakespeare), gran maestre de la pequeña logia Beacon Lodge Sociedad Teosófica y Filosófica, y Duque de la Isla de Redonda, una corte ficticia creada por un novelista amigo en una remota roca. Pero también disfrutaba de los deportes, el remo en el Tigre Boat Club, y con amigos había fundado un club de boxeo.
Aunque pacifista declarado Owen trató de alistarse con las fuerzas británicas tanto en la primera como en la segunda guerra mundial. Fue rechazado una y otra vez.  Era ciego en un ojo, la visión perdida en un accidente en 1895, a los once años, cuando con su hermano Tom se divertían con un juego casero de química.  El próximo golpe que sufriría fue la muerte de su madre, Ellen, una maestra, que lo había cuidado hasta la recuperación de un ojo. Su padre, agente marítimo que en 1889 había traído la familia a Montevideo, primero, y luego a Buenos Aires, decidió mandar a su hijo menor a vivir con tías en Glasgow. En el Hillhead High School, en la ciudad escocesa, cursó la secundaria y, con lo que había sido la guía y el cuidado de su madre, amplió su vasta lectura. Al dejar la escuela trabajó en una empresa química, luego en una naviera, espacio que le dio el conocimiento para embarcarse como polizonte en un barco de regreso a Buenos Aires. A los 18 años en junio de 1902 reinició su vida en esta capital.  Regresó al Reino Unido y a Francia en tres ocasiones, 1920, 1924 y 1928, en una ocasión para encontrarse con su compañera, Beryl, y la hija de ella, que cursaba en Francia. Una de esas visitas tenía como objetivo reunirse con el entonces famoso guía místico, Georges Ivanovich Gurdjieff (1877-1949), buscando nueva información y experiencia.
Su vida afectiva no fue un éxito. Hubo un temprano romance terminado por orden paterna con una mujer a la que  se refiere como “Sylvia”. Luego, de rebote, Owen se casó con Lily Edith Turner, hija de un gerente del Ferrocarril Central en Rosario. Se casaron el 6 de junio de 1914, dos meses antes del inicio de la primera guerra mundial. Fue un enlace condenado al fracaso. Lily Edith era una mujer sociable, divertida, Owen era solitario y poco dado socialmente. Estuvieron juntos unas pocas semanas. Se separaron pero Owen le pagó una  “pensión” de por vida. En 1917, a los 33 años, Owen conoció a la mujer llamada Beryl. Escribió que había hallado la felicidad y ella sería su pareja hasta el fin de sus días en 1947.
Sus últimos años, enfermo, incapaz de seguir en la oficina, estaban llenos de proyectos y depresiones. Algunas veces desde su lecho en el hospital Británico dictaba sus traducciones a una secretaria, Diana de Marval, hija de su amigo. Vivía de sus ahorros y la asistencia de amigos y de su hermano Tom, quien vendía sus primeras ediciones para pagar deudas y mantener la casita que Owen había comprado en el suburbio de Martínez.
Murió el 24 de septiembre de 1953, en el hospital donde había sido internado en 1949. Sus cenizas fueron depositadas en el cementerio británico en Chacarita, donde lo recuerda una placa (*)  Un busto del escultor uruguayo José Luis Zorrilla de San Martín (1891-1975), hijo del autor de Tabaré, se halla en la biblioteca del Hillhead High School, en Glasgow.  En algún lugar de Buenos Aires, hay un busto de Owen por José Fioravanti (1896-1977).

* En el diario La Nación del 25 de octubre de 1953, y en la edición de La Prensa, del 24 de diciembre de 1960, se publicaron obituarios.
** Los originales de las traducciones de Walter Owen son conservados en el Museo Güiraldes de San Antonio de Areco, donde su directora, la Sra. Cynthia Smyth, y su equipo, Marián Ríos, Bibiana Bovetti, Patricia Lucero, Valeria Urruchua y Marcela Cigarelli, fueron muy amables en esta investigación.   También se agradece el apoyo de Doreen Dalrymple, secretaria administrativa del Hillhead High School, que rastreó numerosos documentos.

martes, 5 de junio de 2012

Poetry has the power of mass communication

Buenos Aires Herald, 13 May 2012                                                       On Sunday


Afro-Scottish poet Jackie Kay

by Andrew Graham-Yooll                                                                                        
for the Herald

       One of the great moments of the annual Buenos Aires Book Fair is when it closed, last Monday.  The fuss was over, the crowds gone, and the end offered the chance to look back on what can be retained.  It happened that way with the Scottish poet, Jackie Kay, 51, whom the British Council brought to BA for the seventh International Festival of Poetry. The event gathered nearly forty poets from here and elsewhere.

I grew up fighting against poverty in Glasgow tenements, looking into my own city but also looking out at the world. In that way of looking poetry is a way of seeing. It’s a powerful medium because it is one of mass communication. People find it difficult to think of poetry that way.”  Her voice has a high pitch, rolled by her Glaswegian accent. Jackie Kay was born in Edinburgh to a Scottish mother and a Nigerian father, and was adopted at birth by a Scottish couple.  She teaches literature at Newcastle University, is a Fellow of the Royal Society of Literature, has published five books of poetry, five books for children and three novels.
She probably has something in that bit about mass coms, because at the Book Fair, after she had read the title poem of her latest selection, Darling (2007) a piece, “about a friend of mine who died.” It ends with a line that says, “The dead don’t go till you do, loved ones./ The dead are still here holding our hands.” And wherever she reads that poem people come up, some in tears, and say “thank you for that poem, and they tell me about a person that they have lost.”  At the Progreso Market, in Primera Junta, the Spanish translation read by actress Malena Solda, Kay started reading and did a little skip and a jump and morning shoppers and stall keepers  crowded around her to listen. Somebody at the back shouted, “Muy bueno”, amid the applause. She has something of an actress in her, very much in the style of the Scottish national bard, Robert Burns. “I could collect a whole book of stories. It may be that in a very short and intense way you can say something that is powerful and it reaches across to people.”
Robert Pinsky, the former US poet laureate, experimented with this a decade ago, when he called on people to express their feelings through poetry after the September 11 bombing.  He was overwhelmed by the result which confirmed to him that poetry kept a clear role as a literary channel. “For me, poetry does so many different things at once,” Kay said. “It interacts with the world in so many ways. There is poetry in music, in maths, in science, in the land… Poetry helps us to understand the world we live in, to get to know ourselves. I write to get to know myself and to understand others better. Walt Whitman has an oft-quoted line that says:’ I’m large, I contain multitudes’.”
Poetry contains multitudes and it is one of the ways to a clear mind.  It is a powerful way of bearing witness to things that we are not happy with or feel strongly about.  It is also about emotions, “recollected in tranquility”, as William Wordsworth said in his Lyrical Ballads (1800), where we marry experience, the intellect, with the abstract.  “We shouldn’t be thinking which of my poems should work here, in this country… One’s poems should automatically work in Buenos Aires wherever they came from.   I held a workshop with 160 senior students crammed into the one classroom with a capacity for fifty.  Poetry is multilingual if it can communicate in images and pictures.”
With the talk concentrated on her poetry and her Scottishness, it was time to ask Kay how African she felt?
I feel a mixture.  For a long time in my life I felt I had to choose, African or Scottish.  Now that I have reached the ripe age of fifty I feel that I can comfortably and happily be both.” By now she hasn’t much family left in Nigeria.  My family is the country. You do not have to be accepted by your father or your mother to have a sense of belonging.  I belong to Nigeria though my father disowned me. I realized I did not need  him. I describe my arrival at his house in my poem,Burying my African father”, in the collection, Fiere (2011).  I did find my brother, he was wonderful to me. So I have a family connection through him and my friends.  At one reading in Nigeria there were four hundred people on their feet and cheering, that kind of thing is quite moving.  I am quite naïve, sometimes. I once had to pelt down the corridor to my hotel room, followed by two Nigerian men, one shouting at the other, ‘Get your hands off her, she’s mine.  It was too much for the honest lesbian.”
I told her I felt very Anglo-Argentine: it is a privilege to belong to two cultures.
“Writing poetry makes you ask, not answer questions, but ask.  Poems open doors.  My aim as a poet is to be good on the page and on stage. I like performing. Some experiences come into my poetry and become part of my performance.  For example, during my reading at the Book Fair I told the story that when my son was a little boy he asked me,Mum, why are you always going to Poetry’. He thought Poetry was a place and I got on a bus or a plane and went to a place called Poetry.  Buenos Aires could be poetry.  Hence it can belong in more than one culture.  Poetry is an authentic place and should be seen as such. I don’t like the whiff of the workshop. There is something inherently democratic about poetry, and it should not be rarefied. Real poetry comes from real concerns.”

sábado, 24 de diciembre de 2011

BECAUSE it’s THERE:

The anthology of Argentine poetry

I collected and translated.

por Andrew Graham-Yooll

       

BUENOS AIRES HERALD

Saturday, december 10, 2011 

 

ENTERTAINMENT

 

                                                                                        This is not a review, it is an explanation, an excuse, perhaps, more, an advance obituary. The latter thought springs from the knowledge that there will not be time enough to undertake such a project again in the time that’s left. Will anybody remember this? Doubtful. That is also obituary content.

                                                                          The question seldom stated but usually implicit in the kindest of remarks is, why do it?  Why compile and translate a bilingual anthology of Argentine poetry?  The answer is simple, “because it’s there”.  To explain further is like writing that personal obituary. Now a project undertaken has come to an end. There is no more to do. Argentina has one of the richest ranges of poetry in Latin America. Pablo Gianera, writing in the ADN/La Nación weekly, once wrote that it is difficult to select the “representative” poets, apart from Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni and Jorge Luis Borges for a start, because there are so many good ones. The next anthology will be another’s job.  Mine was inspired by two Scots, Walter Hubbard Owen (1884-1953), a friend of my father who translated the Martín Fierro into English, published in 1936, and William Shand (1903-1997), a friend of mine who produced the first anthology in 1969, in collaboration with the poet Alberto Girri. I wanted to be their heir.

                                                                           Open season is declared on any anthologist!  The present anthology includes nearly seventy poets, about a third of the list of further reading suggested at the end of the collection.  Which means it is easy to understand why anthologies might make a few friends, but gain far more enemies.  No sooner was the book sent to printers it was clear that the missed out of the recommended list were going to make another list.  Among them are notables such as Armando Tejada Gómez (1929-1992) and Ariel Petrocelli (1937-2010) and even friends, such as Rodolfo Braceli, etc. Why do such omissions happen? Mainly because few trust that the compilation project will ever be completed, so are not forthcoming with ideas/help.

                                                                                          And by the way, there will be mistakes and mistranslations.  Actress Mónica Maffía, who read some pieces in English and Spanish at the book launch at BAC on November 23, pointed to one in the Oliverio Girondo (1891-1967) section on opening the book. There is a broad spectrum of opinion on how something should have been translated.  An anthology is only complete because it is in print: there will always be more, different and better. My best example of disagreement on language in translation is from the Buenos Aires Herald and is illustrated by the decision of de facto president Juan Carlos Onganía in July 1968 to order the translation of editorials in foreign language newspapers. The practice had been introduced in September 1943 by the military authorities, and quietly discontinued after the overthrow of Juan Perón in September 1955.  In 1968 the editor, Norman Ingrey, decided to explain the changes in his first bilingual exercise.  He ordered the first translation and then, horrible mistake, had it checked by a second newsroom staffer, who piled error on ignominy by asking for a third opinion. Seven people meddled, changed, corrected, altered and rewrote that short piece.  Ingrey had gone home and, shaking in disbelief, the English sports editor on duty that winter night snatched the copy and sent it to the shop (those were the days of linotype). A man named Emilio A. Stevanovich, a middle class snob famous for being pro military and markedly right wing,  who had an excellent music programme on Radio Municipal (today Ciudad) and like any Serb claimed to know many languages and taught them all, used the bilingual editorials to tell his workshop students “what not to do”.

                                                                                         So why translate poetry? Because the poetry of all lands and languages is a necessary accessory to help understand the societies and the cultures of others.  Every person, however ill-read, can quote one line from a poem or song and will teach us a little – probably only a particle – about the ways and customs of other people.   Besides, of course, I like poetry, though I would translate nought else other than my ten books of Quino’s cartoon strip Mafalda and one of Nik’s Gaturro (published by De la Flor). And perhaps most exotic, a series of lyrics from “Cumbia Villera”, which were published by Index on Censorship, London. All other translation is boring to me even if easy money. I like reading poetry of all ages, particularly modern free verse. 

                                                                          In the process of making this book I have kept some poetry in rhyme, as with Leopoldo Lugones (1874-1938) and Alfonsina Storni (1892-1938), and some rhyme I have moved to free verse, as with Jorge Enrique Martí (1826), of Colón, Entre Rios, some of  whose songs about birds and the river Uruguay and to his childhood village, have been put to music by the likes of  the Uruguayan Aníbal Sampayo (1926-2007), because the construction sounded artificial and even trite in rhyme in English.  There are many and varied examples in a volume that runs through the century from the birth of Macedonio Fernández (1874-1952) to the birth of Verónica Viola Fisher (born in 1974).

                                                                                         I have been fortunate to come this far in a project that took almost a decade.  On the way I met and translated the English poet Andrew Motion and others, and was asked by a friend, the playwright Harold Pinter, to translate him into Spanish.

                                                                                         But it was the Argentine poet Daniel Samoilovich, editor of Diario de Poesía, who led me in the selection, first for Twenty Poets from Argentina (Redbeck press, Bradford, UK, 2004), then with a volume of his own writings (Driven by the Wind and Drenched to the Bone, Shoestring Press, Nottingham, UK, 2007), and finally with this anthology (the first stage of which was made for the Frankfurt Book Fair, 2010), and along the way I gained a good friend.  And I am grateful to all who helped and who allowed me to use their knowledge, poetry and advice, as well as those who helped finance and stage the launch.

 

A.G - Y.